Sant Jordi en Collserola: de libros, rosas y gimkanas

Era un día de desconexión. Los cenus en sus casas, la biblioteca cerrada a cal y canto, y esta Fredericka que suscribe, de excursión por la montaña. ¡Sí, las bibliotecarias también salimos a que nos dé el aire! Es bueno para el cutis y, si lo hacemos cuando el sol aún no aprieta, incluso conseguimos no broncearnos y conservar el tono cerúleo que hace juego con los iMac que nos proporciona el Consorci para poder hacer bien nuestros trabajos… Jajajaja, es broma.
Lo dicho. Hacía una mañana estupenda, los viandantes me saludaban por el camino como si fueran usuarios majos-majos y, después de una subidita de padre y señor mío, decidí hacer un alto para tomar un refrigerio.
Extendí el mantelito en un claro bastante apartado del camino principal, junto a un montoncito de piedras, y me dispuse a zamparme el suculento pícnic que llevábamos en la cestita. Una vez acabado el ágape, una cosa interrumpió el curso de mis pensamientos, que en aquel instante consistía en pensar en que me tomaba el enésimo café del día.
Del montoncito de piedras partía un hilo verde. Al principio creí que era cuerda de tender, pero no: visto de cerca, era hilo de lana. Movida por la curiosidad, decidí seguir la ruta que una Ariadna desconocida, seguramente sin nociones de catalogación, me marcaba con ese hilo.
En el primer arbusto, un guante de señora, negro y colgado de una manera y a una altura que no dejaban lugar a dudas: aquello estaba puesto ahí de manera intencionada. La cosa comenzaba bien.
Tuve que arrastrarme, ya que era monte bajo. Mis uñas y el moño lo lamentaron, pero el instinto aventurero me podía. Por suerte, las gafas de Lolita consustanciales a mi estupenda imagen de bibliotecaria me defendían de los pinchazos ocasionales de las zarzas.
Seguí el hilo durante ¿cincuenta?, ¿cien? metros. Justo cuando me preguntaba de qué tipo de lana sería, me encontré con la etiqueta, dejada ahí, de cualquier manera.
¿Adónde me llevaba la pista?
La respuesta estaba unos metros más allá, en otro claro.
Y me emocionó. No se lo digan a nadie, pero me emocionó.
Allí estaba el final del camino. Vi una botella de cristal puesta de lado, seguramente caída, que albergaba una rosa que comenzaba a dar muestras de agostamiento. Aún podía beber el agua de la botella; de otro modo, llevaría más tiempo seca. Le calculé un par de semanas, que echando cuentas resultaba ser… ¡el día de Sant Jordi!
Pero eso no era todo. El hilo acababa envolviendo un libro, un ejemplar de Ficciones, de Jorge Luis Borges, en la edición de Círculo de Lectores. Del libro que había al final de ese sendero que se bifurcaba sobresalía una nota manuscrita. Eran palabras de agradecimiento «por esa primavera que hemos pasado juntos» y, a continuación, un texto precioso, escrito en inglés.
Miré el libro y la nota y la rosa, y luego miré a mi alrededor, y reconstruí la historia.
Sant Jordi, Día del Libro.
Una persona enamorada que ha pasado una primavera inolvidable con una persona memorable.
Una gimkana para demostrarle su amor, tal vez para confesárselo.
Seguramente, un juego de pistas que esa persona debería haber seguido. Las piedras. El hilo. El guante, que tal vez tuviera algún significado para ellos. Las dificultades que salen al encuentro. Un libro con un mensaje. Una flor. Sant Jordi, libros y amor.
Pero la otra persona no acudió a la cita. Tal vez no supo entender la gimkana. Tal vez ya se había ido.
Tal vez no quiso.
Si este fue el caso: tú te lo pierdes, más que cenu. Esto tal vez no fuera amor de verdad, tal vez esta persona no te convenía, a lo mejor era puro postureo por su parte, pero, qué narices, se lo ha currado de verdad. No merecía quedarse en la estacada. Qué menos que haberle seguido el juego.




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